miércoles, 25 de abril de 2012

El Evangelio de la Gnosis


Por Tim F. y Peter G.


«Yo os daré lo que ningún ojo ha visto,
y ningún oído ha escuchado,
y ninguna mano ha tocado,
y que no ha surgido en la mente humana.»


Jesús, del Evangelio de Tomás.



La vida es un Misterio. Un Misterio tan imponente que nos alejamos de su intensidad. Para adormilar nuestro temor a lo desconocido, nos insensibilizamos ante el milagro de la vida. Perpetuamos la mentira impasible de que sabemos quiénes somos y qué es la vida. Con todo, tras este engaño absurdo, el Misterio continúa inmutable, esperando a que nos preguntemos por él. Espera en un rayo de sol, en el pensamiento de la muerte, en la intoxicación de un nuevo amor, en la alegría del nacimiento de un niño o en la conmoción de la pérdida. En un momento determinado nos centramos en nuestras cosas, como si la vida no fuera nada especial, y en el siguiente nos encontramos cara a cara con el Misterio imponente, insondable y profundo. Esto es a la vez el origen y la consumación de la búsqueda espiritual. Aunque las condiciones vitales no hayan dejado de cambiar a lo largo de la historia, el Misterio de la vida continúa siendo el mismo.

Hace unos dos mil años, un grupo considerable de hombres y mujeres, fueron tocados por el Misterio y osaron sumergirse en sus profundidades: librepensadores revolucionarios que sintetizaron la sabiduría disponible en el mundo y articularon verdades eternas de manera innovadora y dinámica; visionarios creativos que codificaron sus enseñanzas como mitos extraordinarios; exploradores de la conciencia cuya filosofía mística prometía «Gnosis», conocimiento práctico de la verdad. Estos pioneros espirituales olvidados no podrían haber imaginado el impacto sin precedentes que tendrían en la historia de la humanidad. ¿Quiénes eran? Se llamaban a sí mismos «cristianos». Fueron estos individualistas radicales quienes crearon por equivocación la religión más autoritaria de la historia. Su misticismo interrogativo se distorsionó, casi hasta el punto de que fuera imposible de reconocer, para convertirse en el credo de lo que llamaban una «iglesia de imitación». Cuando esta forma empobrecida de cristianismo se adoptó como religión oficial del brutal Imperio romano, se suprimió violentamente a los Cristianos Originales y se quemaron sus escrituras, pero no se les borró la memoria.

La Iglesia romana fabricó su propio relato de los orígenes del cristianismo, en los que aún se cree hoy en día y que reducen a los primeros cristianos a una minoría que rendía culto a unos oscuros herejes. Sin embargo, esos brillantes mitógrafos fueron los autores de una historia que continúa dominando la imaginación espiritual del mundo occidental. A partir de la alegoría arcaica de un Hijo de Dios que muere y resucita, crearon un nuevo mito brillante que ha conquistado el corazón y la mente de millones de personas: la fábula de un campesino judío que salvó al mundo, la historia de Jesucristo.

Para los cristianos originales, la historia de Jesús era un mito que se utilizaba para presentar a los principiantes el camino espiritual. Para quienes deseaban profundizar más allá de los «Misterios exteriores», que sólo eran «para las masas», había enseñanzas secretas o «Misterios interiores», «las tradiciones secretas de la auténtica Gnosis» que, según el «padre de la Iglesia» Clemente de Alejandría, se transmitían «a unos pocos a través de unos maestros de sucesión». Quienes se iniciaban en aquellos Misterios interiores descubrían que el cristianismo no tenía que ver sólo con la muerte y resurrección del Hijo de Dios, sino que se les explicaba otro mito del que pocos cristianos han oído hablar: la historia de la amante de Jesús, la Hija de la Diosa, perdida y redimida.

Entre los cristianos originales, se consideraba que lo divino tenía un lado masculino y otro femenino. Se referían a la divinidad femenina como Sofía, la diosa sabia. Pablo dice: «Entre los iniciados hablamos de Sophia», ya que es «el secreto de Sophia» lo que «se enseña en nuestros Misterios». Cuando los iniciados de los Misterios interiores del cristianismo tomaron la Sagrada Comunión, lo que recordaron fue la pasión y el sufrimiento de Sofía. Entre los cristianos originales, sacerdotes y sacerdotisas ofrecían vino a los iniciados como símbolo de «la sangre de Ella». La plegaria que ofrecían era: «Que Sophia llene tu ser interior y aumente su Gnosis en ti». Era a Sofía a quien se le hacían peticiones:


«Ven, Madre oculta; ven, tú que te manifiestas en tus obras y das
alegría y descanso a quienes están unidos a ti. Ven y participa de esta
Eucaristía que celebramos en tu nombre, así como en el festín de amor en
el que nos hemos reunido por invitación tuya».

La erradicación de esta diosa cristiana por parte de la Iglesia romana patriarcal nos ha dejado a todos huérfanos de madre. A las mujeres se les ha negado un entendimiento comprensivo con la divinidad femenina. A los hombres se les ha negado una historia de amor con el lado femenino de una deidad. La espiritualidad se ha convertido en parte del campo de batalla que separa ambos sexos, cuando debería ser el santuario de la hermandad eterna. Sin embargo, los cristianos originales practicaban la «espiritualidad en pareja».

Valoraban a hombres y mujeres por igual como expresiones de Dios y Diosa. Veían la división de los sexos como una correlación de la dualidad primaria que es fuente de creación, dualidad que, cuando se unifica, como en el acto del amor, aporta la bienaventuranza de la unión que llaman «Gnosis».

Para los cristianos originales, la historia de Jesús aparece al final de un ciclo de mitos cristianos que empieza con el inefable Misterio que se manifiesta con un Padre y una Madre primordiales, y que culmina con el matrimonio místico de Cristo y Sofía. Los Misterios interiores revelan esos mitos como alegorías de la iniciación espiritual, historias simbólicas que codifican una filosofía profunda con la fuerza de hacer que un iniciado pase de ser un cristiano a ser un Cristo.

Para los cristianos originales, el «evangelio» o «buena nueva» no era una historia escrita en un libro, sino que enseñaban que «el evangelio es la Gnosis». La buena nueva consiste en que hay una manera de trascender al sufrimiento. La buena nueva se basa en que existe un estado natural de alegría que nos pertenece por nacimiento. Éste es el evangelio de la libertad absoluta. No es un conjunto de reglas que hemos de seguir para ser «buenos». Habla de descubrir nuestra naturaleza esencial, que ya es buena, para vivir con espontaneidad. Este evangelio ofrece la extraordinaria promesa de que quienes lo entiendan «no probarán la muerte». Sin embargo, la inmortalidad no consiste en acceder al cielo como recompensa por haber llevado una vida recta, sino en darse cuenta de inmediato, aquí y ahora, de cuál es nuestra verdadera identidad, que nunca nació y que, por lo tanto, nunca podrá morir.

Como todos los movimientos espirituales, el cristianismo primitivo cubría un amplio abanico de individuos y escuelas con diferentes niveles de percepción, de modo que hemos decidido centramos en lo que nos parecen sus mejores y más perdurables percepciones, que pueden continuar siendo válidas para nosotros en la actualidad.

¿Por qué no se conoce el evangelio de la Gnosis? En primer lugar, porque la Iglesia romana lleva más de dieciséis siglos destruyendo sistemáticamente las pruebas de su existencia. Durante la mayor parte de ese tiempo, el simple hecho de estar en posesión de obras cristianas consideradas inaceptables por la Iglesia establecida era punible con una muerte cruel. Por suerte, algunos de esos textos han sobrevivido. En las últimas décadas, han aumentado en número gracias a fabulosos descubrimientos arqueológicos, como el de una biblioteca de escrituras cristianas «heréticas» en una cueva cercana a Nag Hammadi, Egipto. Con todo, aún se han de valorar ampliamente tanto las implicaciones de este hallazgo como los avances a los que ha llevado en nuestro entendimiento del cristianismo primitivo.

Las malas traducciones también han tenido un papel significativo a la hora de disfrazar las enseñanzas secretas del cristianismo codificadas en los evangelios del Nuevo Testamento y frecuentemente aludidas por Pablo en sus cartas. Traducir estas obras a un lenguaje familiar de Iglesia nos calma con la ilusión tranquilizadora de que hemos entendido lo que se dice, cuando en realidad ni siquiera hemos empezado a arañar la superficie de lo que se afirma en el griego original. Por otra parte, los evangelios «heréticos» cristianos se suelen traducir a un lenguaje poco familiar, de modo que suenan extraños e inaccesibles. Había incluso un traductor que tenía el hábito de recalcar que aquellos textos «no se suponía que debieran tener sentido». Así las cosas, no es de extrañar que se haya creado una división entre el canon ortodoxo y otros evangelios cristianos. Sin embargo, cuando la historia de Jesús que se narra en el Nuevo Testamento se entiende en su contexto original, como parte del ciclo completo del mito cristiano, y los evangelios «heréticos» se interpretan comprendiéndolos, pueden verse finalmente como expresiones de una profunda filosofía mística.

En nuestro estudio de estos textos, hemos hecho una suposición que otros investigadores no suelen hacer: que nuestros antecesores no eran idiotas. Hemos postulado que, si bien vivían en unas condiciones físicas muy diferentes, se enfrentaban a los mismos grandes enigmas existenciales que nosotros y que sus respuestas tienen el mismo valor potencial que los puntos de vista contemporáneos. En resumen, nos hemos acercado a las personas que estudiamos con el respeto que se merecen y que les ha sido negado durante casi dos milenios.

Con frecuencia, los académicos no han conseguido entender la espiritualidad de los cristianos originales porque les ha faltado percepción mística. La Gnosis no es una teoría intelectual, sino una forma de ser, un «conocimiento» interno que no puede llegar a comprenderse verdaderamente desde el exterior. Intentar comentar la Gnosis sin haber experimentado personalmente su impacto transformador, es como escribir un documental turístico de un país que no se ha visitado. A cualquier nativo del lugar le parecería una absurdidad ridícula. Abordamos este trabajo no sólo con un compromiso de rigurosa erudición, sino como estudiantes de por vida del misticismo espiritual. No obstante, no somos miembros de ningún culto ni estamos afiliados a ninguna organización religiosa. Y eso, creemos, nos coloca en una posición ideal para asumir el desafío que supone recuperar la antigua Gnosis para los lectores modernos.

Para los cristianos originales, el proceso de iniciación implicaba meditar sobre sus mitos para ir desentrañando el significado alegórico. Al escribir este libro, hemos tenido que llevar a cabo un estudio de la mitología cristiana en profundidad. Ha sido una experiencia de iniciación que nos ha transformado de una manera que no habíamos previsto.

Ha sido un viaje filosófico de proporciones cósmicas. Así pues, las conclusiones a las que hemos llegado son que las enseñanzas secretas de los cristianos originales, aunque parezcan arcanas, en realidad se centran en comprender el milagro de la vida tal como es. Nos hemos esforzado por adentrarnos en enigmas indescifrables. También hemos descubierto que, aunque en apariencia complejas, estas enseñanzas son en esencia sorprendentemente sencillas. Hemos viajado en el tiempo al pasado y nos hemos introducido en la mente ancestral. Además, aunque el evangelio de la Gnosis pertenezca a lo que se conoce como una tradición espiritual «muerta», hemos descubierto que hoy en día es tan relevante y desafiante como lo era hace dos mil años.

jueves, 22 de marzo de 2012

Los Secretos de María Magdalena


Elaine Pagels

¿Quién era, esa elusiva, y fascinante, mujer del círculo cercano de Jesús de Nazaret? Por casi dos mil años, María Magdalena a vivido en la imaginación de los Cristianos como una prostituta seductora; en estos tiempos, la ficción contemporánea hace de ella una imagen como la amante esposa de Cristo y madre de sus hijos. Sin embargo las fuentes más antiguas que hablan de María Magdalena —tanto del Nuevo Testamento como fuera de él— no describen ninguno de estos papeles de sexualidad, sugiriendo que la misma mujer, y como es que llegamos a verla así, es más compleja de lo que muchos de nosotros nos imaginábamos. Entonces, ¿era una de las seguidoras de Jesucristo, y su riqueza ayudó a financiar el movimiento, como el Evangelio más antiguo del Nuevo Testamento —el Evangelio de Marcos— nos dice? ¿Una desquiciada mujer que estaba poseída por siete demonios, como Lucas dice? ¿O la discípula más cercana a Jesucristo, a la que Él amaba más que a los otros, como el Evangelio de María Magdalena nos dice? O, en las palabras del dialogo del Salvador, ¿“La mujer que entendía todas las cosas?”. Cuando investigamos los archivos disponibles más antiguos, nos encontramos con todas estas imágenes conflictivas, y más. Lo que descubrimos, también, es que, la contestación que encontramos depende en dónde buscamos. Lo que es probable el relato más antiguo viene del Nuevo Testamento, el Evangelio de Marcos, escrito cuarenta años después de la muerte de Jesucristo. El Evangelio de Marcos nos dice que, cuando los soldados Romanos estaban crucificando a Jesús, María Magdalena estaba cerca junto a un grupo de mujeres mirando la ejecución, llorando, porque los discípulos masculinos habían huido temiendo por sus vidas. Junto con Salomé y otra mujer llamada María (la madre de Jaime y José), María Magdalena continuó su vigilia hasta que Jesucristo murió; después junto con sus compañeras, miró como su cuerpo fue envuelto cuidadosamente con telas, y puesto en una tumba sellada con una roca.

Marcos nos explica que María Magdalena, Salomé y “la otra María” estaban entre esas que “seguían a Jesús y proveían por Él”-probablemente con comida y un lugar en donde quedarse, tal vez con dinero para sus necesidades básicas— cuando él estaba en Galilea. En la mañana después del Sabbat, las mujeres vinieron a ofrecerle los finales rituales a su maestro, trayendo especias aromáticas para complementar en su funeral, pero el relato de Marcos termina en notable confusión y shock: encontrando la tumba abierta, y el cuerpo desaparecido, las mujeres, oyendo que Jesús “no está aquí; él ha resucitado,” salieron corriendo, temblando de miedo,” pues el miedo y asombro cayó sobre ellos, y no le dijeron a nadie, pues estaban aterrorizados.”

Mateo, quien escribió su versión después de Marcos, repite la misma historia pero cambia el perturbador final. María Magdalena y sus compañeras se fueron de la tumba rápidamente, más lo hicieron “con temor y alegría.” Y en vez de tratar de no decir nada, ellas inmediatamente fueron corriendo “a decirles a los discípulos. Entonces, mientas caminaba, el mismo Cristo resucitado se les apareció, y hablo con ellas.

Lucas, al igual que Mateo, escribió su historia después de Marcos, pero tenía en mente algo diferente cuando el reviso el Evangelio de Marcos. Para aclararle al lector que la mujer -cualquier mujer, mucho menos María Magdalena— pudo haber estado entre los discípulos de Jesucristo, Lucas inicialmente deja fuera el comentario de Marcos que María Magdalena, y la otra María “seguían a Jesús” (puesto que decir esto se entendería que ellas estaban entre los discípulos). Entonces Lucas deliberadamente contrasta a “los doce” —los hombres a los cuales se dice que Jesús nombró sus discípulos— con esas que el llama “las mujeres” a las cuales clasifica entre los necesitados, enfermos, y locos de entre las multitudes que se arrejuntan entre sí empujando a Jesús y sus discípulos. De este modo, Lucas, a diferencia de Marcos, dice que María Magdalena vino a Jesús para ser liberada de siete espíritus demoniacos, y solamente una de entre “algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades.” Lucas identifica a estas mujeres como “María, llamada la Magdalena, de quien siete espíritus malignos habían salido de ella, y a Joanna... y Susana y muchas otras”, las cuales, el concede “Le ayudaban económicamente (a Jesús y sus discípulos) de sus propios medios.”

Cuando Lucas cuenta la historia de la crucifixión y muerte de Jesús, cambia tres pasajes en los cuales Marcos nombra a María Magdalena, la deja sin nombre en estos tres pasajes, solamente situada entre un grupo anónimo que llama “las mujeres”.

Sólo después de que las mujeres anónimas testifican acerca de lo que miraron a “los once” (el círculo cercano al que Lucas llamaba “los doce” hasta que Judas Iscariote, el que traicionó a Cristo, los abandonó) Lucas nombra a tres mujeres. Porque a estas alturas, aparentemente, las testigos son necesarias para validar el testimonio y ahora el nombra a las tres que ve como las más prominentes:

María Magdalena, María la madre de Jaime y José, y Joanna. Aunque Lucas, al Igual que Juan, algunas veces habla positivamente de “las mujeres,” nos preguntamos porque, otras veces, denigra a María Magdalena y menosprecia su papel.
Ahora, gracias a los descubrimientos de otros evangelios ancestrales -evangelios no incluidos en el Nuevo Testamento, los cuales se mantuvieron desconocidos por casi dos mil años hasta su reciente descubrimiento- podemos entender lo que Lucas tenía en mente. Porque estos otros evangelios, que se encontraron traducidos al Copto Egipcio, originalmente habían sido escritos tiempo antes, en Griego, al igual que los evangelios del Nuevo Testamento. Los académicos debaten cuándo fueron escritos, pero generalmente están de acuerdo que fueron escritos en los primeros dos siglos del movimiento Cristiano. Lo que encontramos en estos descubrimientos es sorprendente: cada una de las fuentes recientemente descubiertas que mencionan a María Magdalena —fuentes que incluyen el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, la Sabiduría de la Fe, y el Diálogo del Salvador— unánimemente muestra a María Magdalena como una de las discípulas en la que Cristo más confiaba. Algunos hasta la reverán como su principal discípula, la confidente más cercana de Jesucristo, desde que se dio cuenta de que ella era capaz de entender sus más profundos secretos. Podemos ver que Lucas aparentemente no quería reconocer que algunas de esas, a las que previamente había llamado simplemente “las mujeres”, eran en realidad reconocidas como discípulas. Aunque en esta introducción no podemos discutir estos destacados textos en detalle, vamos a revisar rápidamente cada uno de estos mencionados evangelios.

Primero, el Evangelio de María Magdalena muestra a María tomando el papel de liderazgo entre los discípulos. Encontrando a los discípulos masculinos aterrorizados de predicar el evangelio después de la muerte de Jesucristo puesto que ellos temían, que también, serian arrestados y asesinados. María Magdalena se para y los anima, “volviendo sus corazones a lo bueno,” cuando Pedro, reconociendo que “el Maestro te amaba más que a las otras mujeres,” le pregunta a María Magdalena “dinos lo que te dijo,” secretamente, María Magdalena está de acuerdo. Cuando ella termina, Pedro, furioso, pregunta, “¿Realmente Él habló privadamente con una mujer, y no abiertamente con nosotros? Ahora se supone que todos debemos volvernos hacia ella y escucharla? ¿La amaba más que a nosotros? Sorprendida por su rabia, María Magdalena le contesta, “Mi hermano Pedro, ¿qué piensas? ¿Crees que yo inventé todo esto en mi corazón, o que estoy mintiendo acerca del Salvador?” en este punto Levy interfiere a mediar en la disputa: “Pedro, siempre te dejas llevar por tu rabia. Y ahora te veo discutiendo con ella como si fuera nuestra enemiga. Si el Salvador la consideró digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Seguramente el Señor la conocía muy bien; por eso es que la amaba más a ella que a nosotros.” El Evangelio de María Magdalena termina cuando los otros están de acuerdo en aceptar las enseñanzas de ella, y los discípulos, incluyendo María, continúan proclamando el evangelio.

Al igual que el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Tomás muestra a María Magdalena como una de las discípulas de Jesús, sorprendentemente, ese evangelio solo nombra a seis discípulos, no doce, y de esos seis dos son mujeres —María Magdalena y Salomé. Sin embargo como la disputa entre María Magdalena y Pedro en el Evangelio de María Magdalena, algunos pasajes en el Evangelio de Tomás indican que en el tiempo que fue escrito, probablemente entre el año 90 ó 100 d.C.. La pregunta de si la mujer podía ser discípula ya había desatado una explosiva controversia. Por ejemplo, en el dicho 61, Salomé le pregunta a Jesucristo quién es Él: “¿Quién eres tú, hombre, que te has sentado en mi sillón, y comido de mi mesa?” Cristo le contesta, “ Yo vengo de lo que no está dividido;” que es, de lo divino, lo cual trasciende el género sexual, de este modo rechaza lo que ella da a entender —que su identidad envuelve primariamente que Él es hombre, como el de ella ser mujer.

Salomé inmediatamente entiende lo que quiere decir, reconociendo que esa verdad es también para ella, de esta manera ella inmediatamente contesta, “Yo soy tu discípula.

Sin embargo, aquí, también como en el evangelio de María Magdalena, Pedro la pone en entre dicho y se opone a la presencia de mujeres entre los discípulo. De acuerdo al dicho 114 del Evangelio de Tomás, Pedro le dice a Jesús, “Dile a María que se valla, pues las mujeres no son dignas de vida (espiritual).” Pero en lugar de correr a María, como Pedro insiste que el haga, Jesús reprende a Pedro, y declara, “Yo haré de María un espíritu viviente.” Para que ella —o cualquier mujer- se vuelva capas de vida espiritual como cualquier hombre era en el primer siglo de la tradición Judía.

Hemos podido encontrar otro relato de un argumento en el cual Pedro pone en entre dicho el derecho de María Magdalena de hablar entre los discípulos en el dialogo llamado la Sabiduría de la Fe, después de que María le hiciese a Jesús bastantes preguntas, Pedro interfiere, y se queja con Jesús de que María habla mucho y de esa manera desplazando la prioridad que se le debería de dar a Pedro y sus hermanos discípulos. Sin embargo, aquí también, como en el Evangelio de María Magdalena y el Evangelio de Tomás, el intento de asilenciar a María le gana el rápido reproche, esta vez del mismo Jesús. De todas maneras, más tarde María le admite a Jesús que ella muy apenas se atreve a hablar delante de Él libremente, porque, ella dice, “Pedro me hace titubear; le tengo miedo, pues el odia la raza femenina.”

Jesús le dice que a quien sea que el Espíritu inspira es ordenado divinamente a hablar, ya sea hombre o mujer.

Este repetitivo tema de conflicto entre María Magdalena y Pedro que encontramos de muchas fuentes—conflicto que envuelve el rechazo de Pedro a reconocer a María Magdalena como discípula y mucho menos como líder entre los discípulos- muy bien puede reflejar lo que mucha gente sabia y dijeron del real conflicto que existía entre los dos. Sabemos, también, que desde que la mujer se identifica con María Magdalena, cierta gente en el movimiento decía tales historias acerca de ella -o en contra de ella- como un modo de discutir acerca de si, o como, la mujer podía participar en sus círculos.

Una nota, por ejemplo, que los mismos escritores que muestran a Pedro como el discípulo a quien Jesús reconoce como ser el principal líder -hablamos de los autores de los evangelios de Marcos, Mateo, y Lucas- son los mismos que muestran a María Magdalena como alguien que no es discípula del todo, si no simplemente como una de “las mujeres,” o, peor, en el caso de Lucas, ella es alguien que estaba poseída por demonios. Claramente, lo que hace sus relatos históricamente importantes, es que estos tres son los evangelios que vinieron a ser incluidos en el canon del Nuevo Testamento---que todos invocan, hasta ahora, para “probar” que la mujer no puede tener posiciones de autoridad dentro de las iglesias Cristianas.

Debemos notar, también, como esto trabaja en reversa: cada una de las fuentes que revelará a María Magdalena como una líder entre los apóstoles fueron excluidos del canon del Nuevo Testamento, cuando estos textos fueron excluidos -entre ellos el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, la Sabiduría de la Fe, y el Dialogo del Salvador-. Muchos Cristianos excluyeron también la convicción que la mujer podía -y debería- participar en el liderazgo de la Iglesia.

El Dialogo del Salvador, otro texto ancestral descubierto junto con los otros alternativos evangelios, asegura recontar un dialogo entre el Cristo resucitado y tres discípulos que el escogió para que reciban revelaciones especiales —Mateo, María Magdalena, y Tomás-. Sin embargo aquí, después de que cada uno de los tres se enfrascan en un dialogo con Jesús, el dialogo se enfoca en María Magdalena para que reciba la más alta alabanza: “Esto ella hablo como la mujer que entendió todas las cosas.”

Finalmente, antes de enfocarnos en los fascinantes estudios que encontramos en este libro, deberíamos de mirar una de las fuentes más fascinantes de todas—el Evangelio de Felipe: este evangelio muestra como muchos de los Cristianos primitivos miraban a María Magdalena: como la constante compañera de Jesús. Ciertamente los lectores contemporáneos entendieron que literalmente esto significaba que ella era la esposa y amante de Jesús. Es verdad que el Evangelio de Felipe la muestra a ella como la compañera más intima de Jesús, y que el termino Griego (syzygos, consorte) puede sugerir una relación intima. Además, al igual que las otras fuentes que hemos visto, el Evangelio de Felipe testifica acerca de la rivalidad entre María Magdalena y los otros discípulos masculinos.

La compañera del Salvador es María Magdalena. (Pero Cristo la amaba) a ella más que a (todos) los otros discípulos, y seguido la besaba en su (boca). El resto de los discípulos se ofendían por esto.

Ellos le decían a Él, “¿Por qué la amas más que a todos nosotros?” el Salvador les contesto diciéndoles, “¿Por qué no los amo tanto como la amo a ella?”

Esta declaración, en la que el Evangelio de Felipe muestra a María Magdalena como la acompañante de Jesús, y tal vez hasta su compañera, ayudo a inspirar uno de los más controversiales tramas en el libro de Dan Brown “El Código Da Vinci.” Para el propósito de su ficción Brown tiende a tomar esta sugestión literalmente. Pero si hubiera continuado leyendo el resto del Evangelio de Felipe, hubiera visto que el autor ve a María Magdalena como una poderosa presencia espiritual; como a alguien que manifiesta lo divino cuando aparece en forma femenina—pero sobre todo como la Sabiduría divina, y el Espíritu Santo.
Cuando los poetas y profetas de Israel hablaron del espíritu de la sabiduría y divino, ellos reconocieron el género femenino en términos Hebreos. El libro de Proverbios en el Antiguo Testamento habla de la Sabiduría como una presencia espiritual femenina. Que compartió con Dios el trabajo de la creación:

El señor me creo en el comienzo de su trabajo… antes del comienzo de la tierra; cuando no había aguas profundas, Yo fui creada… antes de que las montañas tuvieran forma, Yo estaba ahí, cuando el delineó la fundación de la tierra, entonces Yo estuve a su lado, como la principal trabajadora; y diariamente yo era su delicia, siempre regocijándome ante Él, regocijándome en su inhabitado mundo, y complaciéndome en la raza humana.

Así es que el Evangelio de Felipe mira a María Magdalena como una divina sabiduría—Hokhmah, en Hebreo, Sofía en Griego, los dos términos femeninos—manifestada en el mundo. La tradición mística Judía seguido habla de la presencia de Dios en el mundo no solamente como sabiduría, sino también como Shekinah, como su presencia. Por más de mil años después de que el Evangelio de Felipe, la tradición kabbalística, usando el lenguaje de los místicos alrededor del mundo, celebraría el aspecto femenino de Dios como su divina novia.

Simultáneamente, el Evangelio de Felipe celebra a María Magdalena como la manifestación del Espíritu Divino, el cual este evangelio llama la “virgen que bajó” del cielo. Cuando los Cristianos hablaban de Jesús “nacido de una virgen” este autor está de acuerdo—pero se reúsa a tomarlo literalmente. Y alguna gente, dice, cree esto literalmente y que significa que la madre de Jesús quedó encinta no de hombre ni de copulación sexual. Pero esto, dice, es la “fe de los tontos” que no pueden entender las cuestiones espirituales (aunque, como hemos notado, eso es visto en la narrativa del nacimiento ofrecida en el Nuevo Testamento en los Evangelios de Lucas y Mateo). En vez de eso, el Evangelio de Felipe continua, Jesús nació en forma física, al igual que todo humano, como un hijo con padres biológicos. La diferencia, dice el autor de este Evangelio, es que el también “nació otra vez” en el bautismo—nacimiento espiritual para convertirse en el hijo del Padre en las alturas, y la Madre Celestial, el Espíritu Santo.

Muchos otros textos descubiertos con ese evangelio hacen eco del mismo lenguaje. El Evangelio de la Verdad, también, declara que la gracia nos restaura a nuestro origen espiritual, trayéndonos a “el Padre, la Madre, y a Jesús de la dulzura infinita.” El Libro Secreto de Juan nos dice como el discípulo Juan, entristecido después de la crucifixión de Jesús, fue al desierto, lleno de dudas y temor hasta que de repente “La creación completa tembló, y yo mire… una luz no terrenal, y en la luz, tres formas.” Y mientras Juan miraba, asombrado, el escucho la voz de Jesús que salía de la luz, hablándole a él:
“Juan, Juan, ¿por qué dudas, y por qué tienes miedo?” yo estoy contigo siempre; Yo soy el Padre; Yo soy la Madre; Yo soy el hijo.”

Tan desconcertante como esto pueda parecer a simple vista, ¿a quién más deberíamos esperar con el Padre y el Hijo si no es la Divina Madre, el Espíritu Santo? Pero esta fórmula primitiva de la trinidad aparentemente refleja el termino Hebreo para espíritu, Ruah, como un ser femenino—una connotación perdida cuando el espíritu fue traducido al lenguaje del Nuevo Testamento, Griego, en el cual la palabra se vuelve neutral.

Hasta esta rápida introducción sugiere el amplio alcance de caracterizaciones y la riqueza de significados que los Cristianos primitivos asociaban con María Magdalena, muchos de los que el ensayo de este libro explora y amplifica. Desde el primer siglo y hasta nuestros tiempos a, poetas, artistas, y místicos les ha encantado celebrar a esta remarcable mujer “quien entendía todas las cosas.” Ahora bien, a través de la investigación presentada aquí, y a través de la discusión en la que nos hemos enfrascado, podemos descubrir nuevos aspectos de María Magdalena--- y, en el proceso, de nosotros mismos.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El Símbolo del Pez entre los Cátaros



Carl G. Jung

La aplicación de los peces como símbolos del psicopompo y de naturaleza antitética del Self apunta a otra tradición que parece desarrollarse paralelamente a la del echeneis. De hecho, hay al respecto una indicación muy notable, no ya en la literatura alquímica sino en la historia de las herejías. Es un documento del Archivo Inquisitorial de Carcasona, publicado por Benoist en su Histoire des Albigeois et des Vaudois, 1691. Se trata de una supuesta Revelación que habría recibido Juan, el discípulo favorito, cuando "estaba reclinado sobre el pecho del Señor". Juan quería saber de él en qué estado hallaba Satán antes de su caída, y recibió esta respuesta: "Estaba en tal magnificencia, que regía las fuerzas del cielo". Quiso ser semejante Dios, y para lograrlo descendió a través de los elementos del aire y del agua, y encontró que el agua cubría la tierra. Al penetrar bajo la superficie terrestre, "encontró dos peces tendidos sobre las aguas, y eran como bueyes uncidos para arar abarcando toda la tierra, por precepto del Padre invisible, desde el ocaso hasta el orto del sol. Y al descender encontró nubes que se cernían abarcando el piélago del mar. Y al descender encontró separado su assop, que es una especie de fuego", causa de las llamas, no pudo seguir bajando; sino que volvió a subir y anunció a los ángeles que quería poner su trono sobre las nubes y ser semejante al Altísimo. Entonces trató a los ángeles como el administrador infiel a los deudores de su señor, por lo cual Dios lo arrojó del cielo junto con ellos. Pero Dios tuvo compasión de él, y le permitió, junto con sus ángeles, obrar a su antojo durante siete días. En este lapso Satán creó el mundo y los hombres, siguiendo el modelo de Gen. 1.

Un destacado Cátaro, Johannes de Lugio, profesa una creencia análoga. También parece haber sido conocida en los círculos Cátaros de los siglos XI-XII, pues la convicción de que el diablo creó el mundo se encuentra en diversas sectas. El alquimista Johannes de Rupescissa puede haber pertenecido, muy verosímilmente, a los "pobres de Loudun", sus poures hommes evangelisans, grupo con influjo cátaro (1). En todo caso, podría considerárselo el eslabón intermediario de esa tradición.

En cuanto a nuestro texto, llama la atención ante todo que contenga el término antiguo búlgaro ossop, es decir, osob', que Karl H. Meyer, en su diccionario paleoslavo, traduce por el griego kat'idían ["en particular; aparte"]; osoba significa en ruso, polaco y checo "individuo, personalidad". Por lo tanto, suum ossop puede traducirse por "lo suyo peculiar". Que es, naturalmente, el fuego. (2)

La imagen de los dos peces tendidos en el agua y la comparación con bueyes de labranza resultan extrañas y requieren alguna explicación. Para ello debo recordar ante todo la interpretación agustiniana de los dos peces de la comida milagrosa: representan, para él, las personas, o poderes, sacerdotal y real, que permanecen a través de las turbulencias de los pueblos, como los peces a través de las tormentas marinas. Ambos poderes se unen en Cristo, que es rey y sacerdote Aunque el par de peces del texto cátaro seguramente no refiere a los de la comida milagrosa, la interpretación agustiniana nos enseña algo esencial para el pensamiento de la época: los peces se conciben como "poderes regentes".

Ahora bien; ya que el texto en cuestión es indudablemente herético, y en particular constituye un documento bogomilo, está excluida una referencia unitaria de ambos peces a Cristo. Quizá, podría conjeturarse, simbolizan dos distintas "personas" o poderes premundanos, que, según el sentido de esa herejía, serían los dos hijos de Dios: Satanael, el mayor, y Cristo, el menor. Ya Epifanio informa, en la trigésima heresía de su Panarium, que los ebionitas habrían supuesto una doble filiación divina: "Pero, afirman, dos han sido formados por Dios: el uno Cristo, el otro el Diablo". Esta doctrina debió tener evidentemente amplia difusión en el Cercano Oriente, pues la enseñanza bogomila sobre Satanael como demiurgo surgió entre los paulicianos y euquitas de esa zona. Nuestro documento no es sinouna versión latina de un informe contenido en la Panoplia de Eutimio Zigadeno, que a su vez se remonta a la profesión de fe formulada en 1111 ante el emperador Alejo Comneno por el obispo bogomilo Basilio.

Satán -nótese bien- encuentra los dos peces antes de la creación del mundo, por lo tanto en un estado primordial premundano, cuando el espíritu de Dios aún se cernía sobre la oscuridad de las aguas (Gen. 1, 2). Si se tratara de un solo pez, podría entenderse como una prefiguración del Salvador futuro, es decir, como el Cristo preexistente del Evangelio de san Juan, el Logos, que "en el principio estaba junto a Dios" (en el texto considerado, Cristo dice, con referencia a ese pasaje -Juan 1,2-: Ego autem sedebam apud patrem meum). Pero son dos peces, unidos por una comisura (el yugo), lo que permite referirlos al signo Piscis del Zodíaco. En el horóscopo, los signos desempeñan el papel de importantes condiciones que modifican esencialmente el influjo de los planetas situados en ellos, o, aun sin planetas, prestan a las casas donde se ubican un carácter particular. En nuestro caso, los peces caracterizarían el ascendente, el momento de nacimiento, del mundo. Pero sabemos que los mitos cosmogónicos son fundamentalmente símbolos del nacer de la conciencia (punto que no puedo desarrollar aquí). El estado pretemporal corresponde entonces al inconsciente o, alquímicamente expresado, al Caos, la massa confusa o nigredo; y, por medio de la obra alquímica, que el adepto compara con la creación del mundo, se cumple la albedo odealbatio, la blancura, comparada a su vez en parte con la luna llena, en parte con el sol naciente. La cual significa al mismo tiempo la iluminación, es decir, la ampliación de la conciencia, que se produce de la mano con la realización de la "Obra". En formulación psicológica, pues, los dos peces que Satán encuentra en el agua primordial caracterizarían el recién nacido mundo de la conciencia.

La comparación de ambos peces con una yunta de bueyes uncida para arar merece especial atención. Los bueyes representan la fuerza impulsora del arado. Análogamente, los peces significan, por lo tanto, las fuerzas impulsoras del mundo por venir, o sea del futuro estado de conciencia. El arado es desde antiguo un signo de la dominación de la tierra: donde el hombre ara, ha arrebatado al estado primordial y hecho útil para sí un trozo de terreno. Esto significa, pues: los peces regirán este mundo y lo someterán a sí, en cuanto ellos (astrológicamente) actúan a través del hombre y forman su estado de conciencia. Cosa notable, el arado no se origina, como todo lo demás, en Oriente, sino en Occidente. Este motivo vuelve a encontrarse en la alquimia: "Ahora bien; sabe que tu comienzo ha de ser hacia Poniente, de donde has de volverte hacia Medianoche, ahí mismo perderán las luces enteramente su resplandor, y han de permanecer noventa noches en oscuro fuego de purgatorio sin luz; entonces has de dirigir tu curso hacia Oriente, allá vendrás a través de muchos colores". La obra alquímica comienza precisamente con el descenso a la tiniebla (nigredo), o sea al inconsciente. El arar, o sea la toma de posesión de la tierra, ocurre patris praecepto, por orden del Padre. Dios, pues, no sólo ha previsto sino también dispuesto la enantiodromía que comenzó en el año 1000. El mes platónico de Piscis ha de ser regido por dos principios, peces, como los bueyes, aparecen aquí paralelos, o sea dirigidos a la misma meta, aunque el uno es Cristo y el otro el Anticristo.


Más o menos así debemos concebir el razonamiento (hasta donde este término es adecuado) de la alta Edad Media. No sé si esta argumentación ha sido entonces formulada conscientemente alguna vez. En todo caso habría sido posible, pues la antes mencionada profecía talmúdica para el año 530 d.C. permite suponer por una parte; cálculo astronómico y por otra una alusión astrológica acerca del signo Piscis, tan favorecido por los maestros judíos. Pero, al contrario, también la posibilidad de que no se trate de una referencia consciente a representaciones astrológicas, sino más bien de una producción del inconsciente. Que éste se halla perfectamente en condiciones de hacer "reflexiones" así, se ha ido comprobando a satisfacción por la experiencia de los sueños y por el análisis de consejas y mitos. La imagen de los peces pertenece como tal al caudal consciente de la época, y pudo, de modo inconsciente, expresar simbólicamente ese significado. Por ese entonces (siglo XI), según ya hemos mencionado, los astrólogos judíos comenzaron a calcular que el nacimiento del Mesías se produciría bajo Piscis, y Joaquín de Fiore daba neta expresión al sentimiento general de que había irrumpido una nueva era.

El texto de nuestra Revelación de Juan difícilmente puede ser anterior ni tampoco muy posterior al siglo XI. Con el comienzo de siglo, en efecto, o sea, astrológicamente, en la mitad del eón de Piscis, brotaron por doquiera herejías como hongos y, característicamente, apareció a la vez la contraparte de Cristo, el segundo pez, o sea el diablo, como Demiurgo. Desde el punto de vista histórico, esta idea representa una especie de renacimiento Gnóstico, en cuanto que el demiurgo del gnosticismo era un ente negativo, si no maligno, del cual procedían todos los males (3). En el fenómeno considerado es significativa su Sincronicidad, es decir, el punto temporal astrológico en que se produjo.

No es sorprendente que ideas cataras hayan penetrado en la alquimia. Sin embargo, no conozco ningún texto que testimonie la transmisión a la alquimia del símbolo cátaro del pez ni permita por lo tanto derivar de éste el pez que en los símbolos de Lambsprinck corresponde a la materia arcana, con su antinomia interna. El símbolo de Lambsprinck no puede ser anterior sin duda a fines del siglo XVI, y constituye una revitalización del arquetipo. Representa dos peces paralelamente opuestos nadando, en el mar -en el mare nostrum-, que se interpreta como el aqua permanens, la materia arcana. Se los designa como spiritus y anima, o el ciervo y el unicornio, o los dos lobos, o perro y lobo, o dos pájaros que luchan entre sí, aludiéndose con ello a la doble naturaleza del mercurio.


Si mis reflexiones, que reposan sobre cierto conocimiento del pensamiento simbólico medieval, son acertadas, encontramos aquí una considerable confirmación de las interpretaciones que he desarrollado antes. En efecto, con el año 1000 se inicia otro mundo, que se manifiesta primeramente en notables movimientos religiosos, como los de los bogomilos, cataros, albigenses, valdenses, pobres de espíritu, hermanos del libre espíritu, beguinas, begardos, etcétera, y en la religión pneumática de un Joaquín de Fiore. A esos movimientos pertenece también el impulso ascendente de la alquimia y, no en último término, del protestantismo, de la Ilustración y de las ciencias naturales, con esa progre-sión hacia lo verdaderamente diabólico que está viviendo nuestra época, u la vez que la volatilización del cristianismo frente al racionalismo, el Intelectualismo, el materialismo y el "realismo".


Quisiera mostrar con un ejemplo concreto cómo el símbolo de los peces brota del inconsciente de modo autóctono. Se trata del caso de una joven que siempre tenía sueños desusadamente vivaces y plásticos. Se encontraba bajo el influjo de las concepciones materialistas de su padre, que vivía en matrimonio no precisamente feliz. La joven se aisló de ese entorno ingrato para ella, construyéndose una intensa vida interior, ya desde la infancia, en que había sustituido a sus padres por dos árboles del jardín. Entre los dieciséis y los diecisiete años tuvo un sueño en que el buen Dios le prometía un pez de oro. Desde entonces soñó bastante frecuentemente con peces. Más tarde, algún tiempo antes de ponerse en tratamiento psicológico a causa de sus múltiples problemas, tuvo el sueño siguiente: estaba a la orilla del Limmat, y miraba abajo las aguas. "Un hombre arroja al río una moneda de oro, entonces el agua se hace transparente y se ve hasta el fondo (4). Allí hay un banco de coral y una cantidad de peces. Entre ellos, algunos tienen vientres de resplandor de plata y lomos dorados." Durante el tratamiento soñó lo que sigue. "Vengo a la orilla de un río de ancha corriente. Al comienzo no veo mucho, sólo agua, tierra y rocas. Arrojo al agua hojas con mis notas, sintiendo que con ello devuelvo algo a la corriente. Inmediatamente recibo una caña de pescar. Me siento con ella en un peñasco y estoy pescando. Sigo sin ver nada más que agua, tierra y rocas. De pronto pica un gran pez. Es plateado por el vientre y dorado por el lomo. Al traerlo a tierra, el paisaje se anima. La roca se destaca como el más antiguo suelo de la tierra; crecen pastos y flores, y el matorral se dilata en bosque. Se levanta un viento que pone en movimiento todo. Estoy sentada con un ansia indecible, pero callada e inmóvil. Entonces, de pronto, por el lado de atrás, oigo la voz del señor X. (El señor X es un hombre de edad que ella sólo conocía de oídas y por un retrato, pero que le parecía una autoridad.) Él dice en voz baja pero decidida: 'Al que es paciente en el ámbito más íntimo le tocará el pez, el alimento de la profundidad'. En este momento se dibuja en torno mío un círculo que en parte llega a rozar el agua. Entonces oigo de nuevo la voz: 'Al valiente en el segundo ámbito puede venir una victoria; pues allí reina la lucha'. Entonces se dibuja un segundo círculo en torno mío, esta vez ya tocando la otra orilla. Enseguida se abre la lejanía, y se hace visible una tierra de múltiples configuraciones. El sol se eleva sobre el horizonte. Oigo la voz, que habla como desde la lejanía: 'El tercero y el cuarto ámbito proceden, igualmente acrecentados, de los anteriores. Pero el cuarto -aquí la voz se interrumpió un momento, como reflexionando-, el cuarto ámbito se junta con el primero. Es a la vez el más alto y el más bajo: pues lo más alto y lo más bajo, coinciden. Son en el fondo uno.' -Entonces desperté, con los oídos zumbándome."

El sueño lleva todas las marcas de los llamados "grandes sueños", y además tiene una cualidad de "pensado" que es característica del tipo intuitivo de actitud. Si bien la soñadora tenía ya para ese momento ciertos conocimientos psicológicos, carecía de toda noticia sobre la simbología histórica del pez. En cuanto a los detalles, es de notar lo que sigue. La orilla del río representa, por así decirlo, el umbral del inconsciente. La pesca es un intento intuitivo de "pescar", o captar, contenidos inconscientes (peces).

El oro y la plata de los peces designan (en lenguaje alquímico) lo masculino y lo femenino, por lo tanto el aspecto hermafrodita del pez, que lo señala como una complexio oppositorum. El pez opera una animación mágica (5). El hombre de edad es una personificación del arquetipo del Viejo Sabio. El pez como "comida prodigiosa" nos es ya conocido: es el alimento (eucarístico) de los "perfectos" (téleioi). El primer círculo, que roza las aguas, ilustra la integración (parcial) del inconsciente. La lucha corresponde al conflicto de los opuestos, algo así como el de la conciencia y la sombra. El segundo círculo toca "la otra orilla", o sea donde ocurre la unión de los opuestos. Así, en la "escuela del mercurio" de la India la "sustancia arcana" se denomina pâra-da: "que da o lleva a la otra ribera", y es el mercurio, como en Occidente. El cuarto ámbito, puesto de relieve por una significativa pausa, es aquel que, asociándose a los otros tres, conjuga los cuatro en unidad. Esto recuerda a la antigua imagen divina: Deus est circulus cuius centrum ubique, circumferentia vero nusquam (6). El motivo de la coincidencia del primero con el cuarto se encuentra expresado ya en el Axioma de María: "De uno se hace dos, de dos tres, y del tercero viene el uno como cuarto (tò hèn tétarton)".

Este sueño resume, por así decirlo, en la más comprimida brevedad, la simbólica toda del proceso de individuación, y ello en una persona totalmente desconocedora de la bibliografía sobre el tema. Casos así, que no son en modo alguno raros, deberían dar que pensar. Demuestran cabalmente la existencia de un "saber" inconsciente acerca del proceso de individuación y de su simbología histórica.


NOTAS

1. Rupescissa, La vertu et la propriété de la quinte essence, pág. 31: "Puesto que entendemos consolar y reconfortar, con ayuda de nuestro libro a los pobres hombres evangelizadores, a fin de que sus plegarias y oraciones no sean vanas y se pierdan en esa labor, y no se vean muy impedidos en esa obra, a ellos declaré y daré un secreto extraído del vientre de los secretos de los tesoros de la naturaleza, que es algo verdaderamente digno de admiración y debe ser honrado". En el tratado de Rupescissa, De confectione veri lapidis (en: Gratáronos, Verae alchemiae artisque metallicae citra aenigmata II, pág. 229) se encuentra esta exhortación, insólita en la literatura alquímica: Credas, vir Evangelice [Cree, varón evangélico]. Puede conjeturarse que originariamente decía homme evangelisant.

2. Lo externo y aparente del corpus diaboli es aire, "lo que de él está oculto es fuego". (Artefius, Clavis maioris sapientiae, en Theatr. Chem., 1613, IV, pág. 237).

3. Entre los gnósticos mencionados por Ireneo, el demiurgo, como ya se ha señalado antes, es el hermano menor de Cristo.

4. Este hacerse transparentes de las aguas depende de que se preste atención (valor, oro) al inconsciente. Es una ofrenda al genio de la fuente.

5. El Ikhthys (= Cristo o Atis) es el alimento que da vida (eterna).

6. ["Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes pero cuya circunferencia en ninguna."]

lunes, 19 de marzo de 2012

MISA ALQUÍMICA


Por Fr. H+A sobre un texto de Nicolas Melchior Cibenensis

INTROITO

Introibo ad Altare Dei.
Ad Deum qui leatificad juventutem meam.


El fundamento del Arte es la disolución de los cuerpos, que deben disolverse, no en agua de lluvia, sino en agua mercurial, de la cual nace la Verdadera Piedra Filosofal.

VERSÍCULO

(Entrada del Vitriolo y de la Sal Vítrea, partes iguales, dando testimonio de la disolución) Gloria al Padre y al Hijo por el Espíritu Santo.

KYRIE

Fuente de Bondad, inspirador del Sagrado Arte del cual proceden todos los bienes de tus fieles: ¡Que descienda tu Luz sobre nosotros!

CRISTO

Santo, Piedra Bendita del Arte de la Ciencia que por salvación del mundo inspiraste la Luz de la Gnosis en nosotros para iluminar nuestra oscuridad.

KYRIE

Fuego Divino ven a nuestros Corazones para que podamos extender los secretos del Arte para tu alabanza.

GLORIA IN EXCELSIS:

(Cántese al Dios fuerte)

COLECTA

Dios dador de toda Iluminación por sólo tu bondad y sabiduría, que a tu siervo N.N. por tu infalible Piedad y Gracia, inspiraste la Luz del Sagrado Arte de la Alquimia, te rogamos concédenos que lo que recibió del don de tu Majestad le aproveche a la salud de su cuerpo, alma y espíritu, y con él mismo ilumine la oscuridad e infunda la gracia de la Virtud, para que emplee fielmente el Sagrado Arte sólo para la alabanza y gloria de tu Nombre y para la propagación de la Iglesia de la Verdad y la Luz.

EPÍSTOLA

¡Oh profundidad de la riqueza, de la Sabiduría y de la Ciencia de Dios!

GRADUAL

¡Levántame Águila y trae el Soplo: cuida de mi huerto y fluirán sus aromas!

VERSÍCULO

Desciende como la lluvia sobre las hojas de los árboles, como las gotas que destilan sobre la tierra. ¡Oh feliz Creador de la Tierra, más blanco que la nieve, más dulce que la suavidad, resplandeciente en el fondo de un vaso a modo de bálsamo! ¡Oh Medicina salvadora de los hombres, que curas en breve tiempo todos los padecimientos del cuerpo y das inicio a la Larga Vida, renuevas la naturaleza humana, pones fin a la pobreza, rechazas la tristeza y conservas la Vida! ¡Oh Fuente Divina de la cual surge la verdadera Agua de Vida para premio de tus servidores!

SECUENCIA DEL EVANGELIO.

“ EL TESTAMENTO DEL ARTE “

¡Salve, oh Luz preciosa del Cielo, Luz Radiante del Mundo!

Aquí te unes con la Luna, se hace cópula marcial y en la conjunción de Mercurio. De estas tres cosas principalmente por el Lecho del Río nace aquel gigante fuerte, al que buscan millones mediante el Magisterio del Arte.

Disueltas las tres, uno en agua de nube (pues por ella nunca se transmuta nuestra esencia) sino convertida en Agua Mercurial, esta Sustancia nuestra bendita, disuelta por ella misma, tiene el nombre de Esperma de los Filósofos.

Ahora se dirige a la cópula, a desposarse con una esposa virgen, y a impregnarse en el baño mediante la templanza del fuego. Pero la Virgen no se impregna de repente sino con besos llenos de Amor. Entonces es concebido en la Matriz el hijo, y esto en el Orden de la Naturaleza.

En el fondo del vaso aparece el Dragón Negro, fuerte, enteramente quemado, descolorido, calcinado y muerto...ya ruega ser enterrado para se regado con su humedad y calcinado suavemente, hasta que de la fortaleza del fuego aparezca blanquísimo. Pero antes toma la Bebida, cuando ya está lavada en sí misma por la perseverancia del Fuego.

Ahora por fin se hace agradable, renacido del propio sudor, y queda limpio del cuerpo antes tenebroso.

He aquí la admirable generación del Dragón Negro, o renovación, de aquí vindica para sí un hombre nuevo, por el Lavado de la Regeneración, que los Filósofos llaman Azufre de la Naturaleza, y al hijo de aquellos: La Piedra Filosofal.

Pero está la ceguera de los fatuos que han sido engañados por la ignorancia de la filosofía natural, por la repugnancia del Fuego.

¡La cosa es Una sola, la raíz Una, Una la esencia, a la que nada extraño se añade, sino que sólo se quita lo superfluo, mediante el Magisterio del Arte! Sólo sigue ser fortalecido, fermentar por su Naturaleza, ser regado con su Agua, ser destilado moderadamente después que ha bebido suficientemente.

Y entonces empieza a reinar, y a luchar con la fuerza del Fuego, queriendo ascender al Cielo para por fin ser coronado con diademas... después humilla a todos sus enemigos y los somete a su Imperio.

¡Este es el Tesoro de los tesoros, la Suma Medicina de los Filósofos, es el Celeste Secreto de los Antiguos... ¡Bienaventurado quién lo encuentra...!

Quién vio tales cosas las dice abiertamente ya que es verdadero su testimonio. Sea Dios bendito por los siglos de los siglos.

Te alabo Señor, Padre del Cielo y de la Tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes de este mundo, y las rebelaste a los pequeños.

CREDO IN INUM...

OFERTORIO

La Piedra que rechazaron los constructores, se ha convertido en la Piedra Angular, esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos.

SECRETA

Omnipotente Dios, por la saludable víctima que ardientemente inmolamos a tu Majestad, rogamos tu clemencia, para que éste nuestro artificio en Honor del Bendito Arte de la Alquimia, se haga en tu Glorioso Nombre y consagrado por la Misteriosa Asamblea Gnóstica. Amén.

COMMUNE

¡A nuestro Rey que viene del Fuego Iluminado y está coronado con diademas, honrad perpetuamente!

COMPLENDA

Recibimos Señor, el auxilio a la debilidad, y dando gracias a tu Majestad te rogamos por la elevación del Alma, la salud del Cuerpo y la Iluminación del Espíritu. Que todo ello sirva para el fortalecimiento de la Verdad del Conocimiento.

ITE MISSA EST

ALLELUIA...

domingo, 11 de marzo de 2012

La Tradición Gnóstica y la Divina Madre



Elaine Pagels

Un grupo de fuentes gnósticas comenta haber recibido una tradición secreta, transmitida por Jesús a Santiago y María
Magdalena. Los integrantes de este grupo le rezaban al Padre y a la Madre divinos: "De Ti, Padre y por Ti, Madre, los dos nombres inmortales, Padres del ser divino, y tú, que moras en los cielos, humanidad, de nombre poderoso..."

Desde que el Génesis relató que la humanidad fue creada "macho y hembra" (1:27), algunos concluyeron que Dios, en cuya imagen fuimos hechos, debía ser también masculino y femenino –Padre y Madre al mismo tiempo.

¿Cómo caracterizan esos textos a la divina Madre? No doy con una respuesta simple, ya que los propios textos son extremadamente diversos. Pero sí podemos esbozar tres caracterizaciones primarias. En primer lugar, muchos grupos gnósticos describen a la divina Madre como parte de una pareja originaria. Valentin, el maestro y poeta, parte de la premisa de que Dios es esencialmente indescriptible pero sugiere que la divinidad puede ser imaginada como una díada; que consiste por un lado en lo Inefable, la Profundidad, el Padre Primado: y por otro, la Gracia, el Silencio, la Matriz y la "Madre de Todo". Según el razonamiento de Valentin, el Silencio es el complemento adecuado para el Padre, y designa a aquél como femenino y a éste como masculino debido al género gramatical de las respectivas palabras griegas. A continuación, describe cómo el Silencio recibe, como si fuese una Matriz, la semilla de la Fuente Inefable; y de ahí parten todas las emanaciones del divino ser, ordenadas en pares armoniosos de energías masculina y femenina.

Los seguidores de Valentino le oraban para que los protegiera en su papel de Madre y como "Silencio místico, eterno". Por ejemplo, el Mago Marcos la invoca bajo la forma de la Gracia (en griego, el término femenino Charis): "Que Ella, la que antecede a todas las cosas, la inabarcable e indescriptible Gracia os colme, aumente en vos su propio conocimiento". En su celebración secreta de la misa, Marcos enseña que el vino representa la sangre de la Madre. Al ofrecer la copa de vino, ora para que "la Gracia fluya" en todos los que beban de ella. Marcos, profeta y visionario, se llama a sí mismo "matriz y recipiente del Silencio" (como éste lo es del Padre). Informa que las visiones que ha recibido del ser divino son bajo forma femenina.

Otro escrito gnóstico llamado El Gran Anuncio y citado por Hipólito en su Refutación de todas las herejías, explica así el origen del universo: del poder del Silencio surgió "un gran poder, la Mente del Universo, que administra todo lo que existe, y es macho... la otra... una gran Inteligencia... es una hembra que produce todo lo que existe". Si seguimos el género de las palabras griegas para "mente" (nous-masculino) e "inteligencia" (epinoia-femenino), el autor explica que esos poderes, unidos, "revelan ser la dualidad... Ésta es la Mente en la Inteligencia, y pueden ser separados uno de otro y sin embargo son uno, que se expresa en estado de dualidad". Ello significa, explica el maestro gnóstico, que en todos está [el poder divino] en estado latente... Hay un poder que se divide en arriba y abajo; se genera a sí mismo, se hace crecer a sí mismo, se encuentra a sí mismo, es su propia madre, su propio padre, su propia hermana, su propio hijo –madre, padre, unidad, fuente de todo el círculo de la existencia.

¿Cómo querían estos gnósticos que se entendieran sus enseñanzas? Los distintos maestros no están de acuerdo. Algunos
insistían en que lo divino debía ser considerado andrógino –"el gran poder macho-hembra". Otros afirmaban que esos términos sólo eran metáforas, ya que "en realidad, la divinidad no es macho ni hembra". Un tercer grupo sugería que sólo se puede describir la Fuente originaria en términos masculinos o femeninos, según el aspecto que uno quisiera enfatizar. Quienes propugnaban una u otra de estas ópticas coincidían en que lo divino debe ser entendido en términos de una relación dinámica de opuestos –concepto que puede ser afín a la visión oriental de yin y yang pero que sigue siendo ajena al judaísmo y el cristianismo convencionales...

Aunque algunas fuentes gnósticas sugieren que el Espíritu constituye el elemento femenino de la Trinidad, el Evangelio de
Felipe hace una sugerencia igualmente radical acerca de la doctrina que más adelante se desarrolló bajo la forma de la inmaculada concepción. Una vez más, el Espíritu aquí es Madre y Virgen, contrapartida y consorte del Padre Celestial: "¿Está permitido revelar un misterio? El Padre de todo se unió con la virgen que descendió" –es decir, con el Espíritu Santo que descendió al mundo. Pero como este proceso debe ser entendido en forma simbólica, no literal, el Espíritu se conservó virgen. A continuación, el autor explica cómo "Adán fue engendrado por dos vírgenes, el Espíritu y la tierra virgen" así que "Cristo, por lo tanto, nació de una virgen" (es decir, del Espíritu). Pero el autor ridiculiza a los cristianos de mentalidad literal que erradamente le atribuyen la concepción virginal a María, la madre de Jesús, como si José no hubiese participado en la concepción: "No saben lo que dicen. ¿Cuándo concibió mujer de mujer?" En vez, argumenta, la inmaculada concepción se refiere a la unión misteriosa de dos poderes divinos, el Padre de Todo y el Espíritu Santo.

Además del eterno Silencio místico y del Espíritu Santo, algunos gnósticos sugieren una tercera caracterización de la divina Madre: la Sabiduría. Aquí, el término griego que significa "sabiduría", Sofía, traduce un término femenino hebreo, chokmah. Los primitivos intérpretes se preguntaron por el significado de ciertos pasajes bíblicos –por ejemplo, la afirmación en Proverbios de que "Dios hizo al mundo en la Sabiduría". ¿Es posible que la Sabiduría sea el poder femenino en que la creación de Dios fue "concebida"? Según un maestro, el doble significado de la palabra concepción –físico e intelectual– sugiere esta posibilidad: "La imagen del pensamiento [ennoia] es femenina dado que... es un poder de concepción".

sábado, 25 de febrero de 2012

Apuntes sobre el Génesis


Por: Elaine Pagels


Los intérpretes Gnósticos comparten con los hindúes y con Eckhart la misma creencia: el ser divino se oculta profundamente en el interior de la naturaleza humana y también en su exterior y, aunque con frecuencia no lo percibimos, es un potencial espiritual latente en la psique humana. Según Tolomeo, seguidor de Valentín, la historia de Adán y Eva demuestra que la humanidad «cayó» en la consciencia ordinaria y perdió contacto con su origen divino. Otro seguidor de Valentín, el autor del Evangelio de Felipe, dice que los seres humanos cometieron el error de proyectar la divinidad sobre seres externos a ellos mismos, y de este modo crearon la religión: «En el principio Dios creó a la humanidad. Pero ahora la humanidad crea a Dios. De esta manera ocurre en el mundo: los seres humanos inventan a los dioses y adoran su creación. ¡Sería más adecuado que los dioses adoraran a los seres humanos!»

Algunos Gnósticos adoptaron un modelo de interpretación similar al de Filón, pero cambiaron el contenido. En lugar de tipificar la psicodinámica humana, como había hecho Filón, desde el punto de vista de la interacción entre mente y sensación, los Gnósticos la dibujaron en términos de interacción entre alma y espíritu, es decir, entre la psique (la consciencia ordinaria, entendida como mente y sensación) y el espíritu, el potencial para una más elevada consciencia espiritual. En consecuencia, muchos Gnósticos entendían la historia de Adán y Eva como un relato de lo que acontece en el interior de una persona embarcada en el proceso del propio descubrimiento espiritual. El texto Gnóstico titulado Interpretación del alma explica, por ejemplo, cómo el alma, representada en Eva, se aliena de su naturaleza espiritual, y mientras niegue y se distancie de esta naturaleza espiritual, caerá en la autodestrucción y el sufrimiento. Pero si desea reconciliarse y reunirse con su naturaleza espiritual, de nuevo será un todo. El autor Gnóstico explica que el sentido oculto del matrimonio de Adán y Eva es este proceso de integración espiritual: «Este matrimonio los ha vuelto a unir, y el alma se ha reunido con su verdadero amor, su auténtico dueño», es decir, con su ser espiritual. Muchos otros textos Gnósticos invierten el simbolismo. La mayoría de los textos Gnósticos conocidos describen a Adán (no a Eva) como representante de la psique, porque Eva representa el principio más elevado, el ser espiritual. Los autores Gnósticos prefieren contar, con algunas variaciones, la historia de Eva como esa inaprehensible inteligencia espiritual: cómo surgió por primera vez en el interior de Adán y despertó en él, el alma, la consciencia de su naturaleza espiritual; cómo encontró resistencia, fue incomprendida, atacada y tomada por lo que no era; y por último cómo se unió a Adán «en matrimonio», por así decirlo, y de este modo llegó a vivir en armoniosa unión con el alma. Según el texto Gnóstico titulado Realidad de los gobernantes, cuando al principio Adán reconoció a Eva, no vio en ella una mera compañera matrimonial sino un poder espiritual: «Y cuando la vio, dijo "eres tú quien me ha dado la vida: serás llamada Madre de los Vivos [Eva], pues es ella mi Madre. Ella es el Médico, y la Mujer, y La que ha dado a luz"».

La Realidad de los gobernantes llega a decir que cuando el creador aconsejó a Adán que ignorase la voz de ella, éste perdió contacto con el espíritu hasta que ella se le reapareció en forma de serpiente:

Entonces el Principio Espiritual Femenino llegó [en] la Serpiente [pl.], la Instructora; y [les] enseñó diciendo, «¿Qué es lo que [os dijo]»? [pl.] ¿Fue esto: «De todos los árboles comerás [sing.]; pero del [árbol] del conocimiento del mal y del bien no comerás»?

La Mujer carnal dijo «No sólo dijo "No comáis" sino "No lo toquéis; porque el día en que comáis de él, de muerte moriréis"».

Y la Serpiente, la Instructora, dijo: «de muerte no moriréis; pues por celos os dijo eso. En cambio vuestros ojos se abrirán y seréis como dioses, conocedores del mal y del bien». Y el Principio Instructor Femenino abandonó la serpiente y dejó tras sí tan sólo una cosa de la tierra. (Hipóstasis de los Arcontes).

Un extraordinario poema Gnóstico titulado El Trueno, el Nous perfecto describe el espíritu, que se manifiesta indistintamente como Sabiduría y como Eva, de la siguiente manera:

Yo soy el principio y el fin.
Soy la honrada y la escarnecida.
Soy la puta y la santa.
Soy la esposa y la virgen.
Soy la novia y el novio,
y es mi esposo quien me engendró.
Soy conocimiento e ignorancia...
Soy necia y sabia...
Soy aquella a quien llaman vida [Eva]
y vosotros le habéis llamado Muerte ...

El Libro secreto de Juan sugiere que la experiencia de Adán despertando a la presencia de Eva prefigura la del Gnóstico que, sumido en un estado de amnesia, despierta de pronto a la presencia del espíritu oculto en las profundidades de su interior. El Libro Secreto de Juan concluye con la llamada de Eva, «la perfecta inteligencia primordial», a Adán —a la psique (y así, en verdad, a ti y a mí, los lectores)— para despertar, reconocerla y recibir de este modo la iluminación espiritual:

Y entré en medio de esta prisión, la prisión del cuerpo.
Dije: «Que quien oiga se alce de su sueño profundo».
Un durmiente lloró y derramó lágrimas amargas. Secándoselas, el durmiente dijo:
«¿Quién pronuncia mi nombre?¿Cuál es la fuente de ésta esperanza que ha venido a mí,
morando en la atadura de la prisión?».
Yo dije: «Yo soy el Pensamiento Anterior [pronoia] de la luz pura.
Yo soy el Pensamiento del Espíritu virgen... Levántate,
recuerda que has oído, y busca tu raíz:
pues yo soy compasivo ...
y ten cuidado con el sueño profundo.»

Los cristianos Gnósticos que proyectaban estas «raras invenciones» sobre el Génesis ignoraban las cuestiones de moralidad práctica o, al menos, de eso los acusaba el obispo Ireneo y a primera vista deberíamos estar de acuerdo. Pues mientras sus coetáneos cristianos trazaban preceptos morales a partir del Génesis, ciertos cristianos Gnósticos parecían estar simplemente improvisando mitos sobre la historia del paraíso. Algunos Gnósticos se atrevieron a ir más lejos: en lugar de culpar al deseo de conocimiento humano de ser la raíz de todo pecado, hicieron lo contrario y buscaron la redención a través de la Gnosis. Y mientras los ortodoxos solían culpar a Eva de la caída y señalaban la sumisión de las mujeres como merecido castigo, los Gnósticos solían describir a Eva —o al poder espiritual femenino que representaba— como la fuente del despertar espiritual.

No obstante, muchos cristianos Gnósticos se enfrentaban a las mismas apremiantes cuestiones éticas que preocupaban a sus coetáneos ortodoxos: ¿deben los cristianos evitar o aceptar el matrimonio? ¿Se ordenó a los cristianos, como a los judíos, «sed fecundos y multiplicaos»? ¿Qué tipo de relación es posible, o deseable, entre los hombres y las mujeres cristianos? Sin embargo, cuando los cristianos Gnósticos se planteaban estas preguntas las abordaban de un modo diferente al de sus coetáneos ortodoxos. En lugar de formular un conjunto de reglas comunitarias, algunos cristianos Gnósticos buscaban en cambio descubrir y articular —precisamente mediante las «raras invenciones» del mito Gnóstico— las fuentes internas del deseo y de la acción. Lo que les fascinaba era la psicodinámica o, como ellos dirían, la pneumatopsicodinámica: la interacción entre la pneuma, el elemento espiritual de nuestra naturaleza, y la psique, es, decir, los impulsos emocionales y mentales. El autor valentiniano del Evangelio de Felipe, hablando en lenguaje mítico, dice, por ejemplo, que la muerte empieza cuando «la mujer se separa... del hombre», es decir, cuando Eva (el espíritu) se separa de Adán (la psique). Sólo cuando la propia psique, o la consciencia ordinaria, se integra en la propia naturaleza espiritual —cuando Adán se reúne con Eva, «complementándose de nuevo»— se puede lograr la armonía y la plenitud internas. Según este autor valentiniano, sólo la persona que ha «vuelto a casar» la psique con el espíritu es capaz de resistirse a los impulsos físicos y emocionales que, incontrolados, podrían conducirle o conducirla hasta la autodestrucción y el mal. Ireneo estaba equivocado al sugerir que los cristianos Gnósticos ignoraban las cuestiones morales. Algunas veces los abordaban de una manera que alentaba a cada persona, fuese hombre o mujer, a explorar su propia experiencia interna, creyendo que todos pueden descubrir al espíritu en su interior. Comentando este método, Ireneo dijo con sarcasmo: «creen que por medio de sus oscuras interpretaciones, ¡cada uno de ellos ha descubierto un dios propio!». Pero a Ireneo le preocupaba sobre todo que los cristianos Gnósticos abordasen las cuestiones morales de un modo que les hacía parecer indiferentes —o, lo que es peor, insubordinados— a la ética de la comunidad que los obispos pretendían imponer por igual a todos los creyentes.

Mientras tanto, ciertos Gnósticos radicales, lejos de criticar a los obispos por ser demasiado severos, los criticaban por ser demasiado indulgentes. Uno de estos cristianos Gnósticos, el autor de Testimonio de la verdad, se puso de parte de los ascéticos y se burló tanto de los Gnósticos como de los ortodoxos que defendían el matrimonio y la procreación y adoraban al Dios que había creado estas impurezas. Este maestro radical se atrevió a relatar la historia del paraíso desde el punto de vista de la serpiente, a la que describió como una maestra de sabiduría divina que trataba desesperadamente de abrir los ojos de Adán y Eva a la verdadera —y despreciable— naturaleza de su creador: «Pues la serpiente era la más sabia de todos los animales que estaban en el paraíso... Pero el creador maldijo a la serpiente, y la llamó demonio. Y dijo: "¡He aquí que Adán se ha convertido en uno de nosotros, conocedor del mal y del bien!"».

Entonces dijo: «Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y comiendo de él viva para siempre» (Génesis 3:22). ¿Quién es este Dios que llama al mal «bien» y al bien «mal»?

¿Qué clase de Dios es éste? Primero envidió que Adán comiera del árbol de la ciencia... Y luego dijo: «Adán, ¿dónde estás?» Dios no tiene presciencia, pues no lo sabía desde el principio. Y poco después dijo «Expulsémosle de este lugar no vaya a ser que coma del árbol de la vida y viva para siempre». Seguramente demostraba ser un maligno envidioso. Y ¿qué clase de Dios es éste? Grande es la ceguera de aquellos que leen y no entienden.

¿Qué dirigente de la Iglesia no habría parado los pies a un crítico que daba la vuelta al relato del Génesis y maldecía a los cristianos que se casaban o se dedicaban a asuntos corrientes por ignorantes, falsos y estúpidos? El mismo autor Gnóstico atacó a los propios mártires por «hueros mártires que sólo daban testimonio de sí mismos», y llamaba a sus dirigentes «guías ciegos», en el mejor de los casos, inmaduros, y en el peor, embusteros.

sábado, 24 de diciembre de 2011

El Proceso de Individuación y La Navidad



"No podemos ser Uno con todo lo que nos rodea, si antes no somos Uno con nosotros mismos" ~ Thelarbus

Últimamente vengo oyendo mucho esta afirmación: "Todos somos uno" y, precisamente, no estoy en desacuerdo con ella, pues todos estamos formados del mismo polvo estelar que configuró el Universo. El problema es cuando empieza a convertirse en un tópico de la masificación y del "actuar en manada", volviendo al conocido borreguismo bajo los parámetros de la libertad, la revolución o el cambio de conciencia. En realidad, no podemos ser Uno con los demas, si no somos Uno con nosotros mismos; y ahí es donde falla toda esta filosofía básica definida como New Age.

El "Principium Individuationis" del Dr. Jung, es definido como el proceso de engendrar un individuo psicológico, es decir, una unidad aparte, indivisible, un Todo. El propio Carl G. Jung lo definía como "la tendencia innata de la psiquis a encontrar su Centro, su Self". Y esto hace alusión al proceso del desarrollo del individuo psicológico como un ser distinto de la psique general masificada colectiva, resultando evidente que esto sería necesario antes de poder hablar de "todos somos uno".

Así pues, el objetivo final de la Individuación consiste en despojar al Self de los falsos ropajes de la personalidad y del poder de los Arquetipos e Imágenes. Por ello, como dice Jung, la individuación no nos cerraría las puertas al mundo, sino que reuniría el mundo para sí; y este proceso conduciría a relaciones colectivas, posiblemente más intensas. Por ello, la meta del proceso de individuación es la síntesis del Self.

Este Self, es entendido por nosotros como el Espíritu en sí, aquello que determina de forma directa qué es el Hombre, qué es la Mujer... nuestra esencia más profunda y, a la vez, más conectada con el Todo, de forma que este proceso de individuacion también puede ser comparado con la Iluminación tal y como la conocen los Budistas.

Y, en estos momentos del año que nos aproximamos a la Navidad (Natividad), podríamos interpretar al Niño que nace como un símbolo del proceso de Individuación que, a su vez, también es una continuación de la obra salvífica de Cristo en las personas individuales, por ello, no debemos de extrañarnos que consideremos el Nacimiento del Niño Chrestos como la materialización de la Imago Dei en el interior de la persona que la desarrollará en su proceso de individuación. Como el propio Jung dice: "En Navidad podemos expresar nuestra emoción íntima por el mitológico nacimiento de un niño semidivino, aunque no tengamos ninguna clase de fe religiosa consciente. Sin darnos cuenta, hemos recaído en el simbolismo del renacer..." Y a ese Renacimiento en la Unidad íntima del Self, entendido como El Ser en Sí, es a lo que hacemos alusión en estas líneas.

Jung añade: "Pero es una correspondencia y una vivencia interna, una recepción de Cristo en la matriz psíquica, o una realización más del Hijo de Dios... que se expresa claramente en aumento en el devenir de la conciencia."

Os deseamos una Feliz Natividad para todos.


viernes, 23 de diciembre de 2011

Psicología de los Símbolos Alquímico-Cristianos - III (final)


Por Carl G. Jung

En esta reflexión no hay que precipitarse a suponer una reducción del mundo de las representaciones religiosas a "nada más que" fundamentos biológicos, ni mucho menos a sustentar la errada opinión de que con ese modo de observación el fenómeno religioso queda "psicologizado" y por lo tanto se esfuma. A ninguna persona razonable se le ocurrirá que retrotraer la estructura humana a la de un saurio cuadrúpedo equivalga a declararla carente de validez, o que de algún modo ella quede explicada por sí misma. Tras todo eso está ciertamente el grande, y no resuelto enigma, de la vida y la evolución, y de dominante importancia no es, en fin de cuentas, el origen sino la meta del desarrollo. Pero si a una entidad viviente se la corta de sus raíces, se la priva de la conexión retrospectiva con los fundamentos de su existencia, y entonces no puede sino agostarse. En este caso, la "anamnesis" (recuerdo) de los orígenes es de importancia vital.


El cuento tradicional y el mito expresan procesos inconscientes; la práctica de narrarlos opera la rememoración y la revivificación de los mismos, y con ello la reactivación del vínculo entre conciencia e inconsciente. Lo que la escisión de las dos mitades de la psique significa, ante todo el médico lo sabe. Él la conoce como disociación de la personalidad, base de todas las neurosis: la conciencia va por un lado y el inconsciente por el lado opuesto. Como las oposiciones no pueden conciliarse en su mismo nivel (tertium non datur!), se necesita siempre una tercera instancia, supraordinada, en que ambas partes puedan conjugarse. En cuanto que el símbolo procede tanto de lo consciente como de lo inconsciente, está en condiciones de unificar ambas cosas: por medio de su forma, el aspecto ideativo, y, por medio de su numinosidad, el aspecto afectivo de la oposición.


Por eso a menudo y desde antiguo el símbolo se compara con el agua, por ejemplo en el caso del Tao, en que se unifican el Yang y el Yin: el Tao es "el espíritu del valle", el curso sinuoso del río. El símbolo de la fe, en la Iglesia, es el "agua de la doctrina", aqua doctrinae que corresponde a la prodigiosa agua "divina" de la alquimia, cuyo doble aspecto está representado por el mercurio duplex. La natural salutífera y renovadora de esta agua simbólica, como Tao, como agua bautismal y como panacea, alude al carácter terapéutico de las conexiones mitológicas a las que pertenece esa representación. Ya los médicos de orientación alquímica sabían que el arcanum sanaba, o por lo menos debía sanar, no sólo la enfermedad corporal sino además la anímica, y la moderna psicoterapia sabe también que, si bien existen muchas soluciones interinas, en el fondo hay un problema moral de opuestos, racionalmente insoluble, al que sólo puede darse respuesta por medio de una tercera instancia supraordinada, es decir, de un símbolo que expresa ambas partes en conflicto. De esta "verdad” (Dorn) o "teoría" (Paracelso) se ocupaban los antiguos médicos y alquimistas, y no podían hacerlo sino incorporando a su mundo mental la revelación cristiana. Continuaron en una nueva edad la obra de los Gnósticos (que en parte eran mucho menos herejes que teólogos) y de la patrística, con la comprensión instintivamente exacta de que el vino nuevo no debía ponerse en odres viejos y que, como la serpiente muda su piel, también el mito en cada renovado eón requiere nuevo ropaje para no perder su efecto terapéutico.


Los problemas que presenta al médico o al psicólogo modernos la integración del inconsciente sólo pueden resolverse según la línea histórica antes señalada, y el resultado vendrá a ser equivalente a una reasunción del mito heredado, lo que presupone, por supuesto, la continuidad del desarrollo. La tendencia actual a la destrucción o paso al inconsciente de toda tradición podría ciertamente interrumpir el proceso de desarrollo por un intervalo de varios siglos de barbarie. Ya es éste el caso donde domina la utopía marxista. Pero también una formación preponderantemente científico-técnica, como la que es característica de los Estados Unidos, puede producir una regresión de la cultura espiritual y con ello un considerable incremento de la disociación psíquica. Con higiene y bienestar solamente el hombre dista aún mucho de estar sano, pues, de ser así, la gente más rica e ilustrada debería ser la más sana también; pero, en lo que se refiere a neurosis, no es éste el caso en modo alguno: al contrario. Al desarraigarse y escindirse de la tradición, las masas se neurotizan, lo que las dispone para la histeria colectiva.


En lo que precede he intentado establecer en qué matriz psíquica fue asumida la figura de Cristo en el curso de los siglos. De no existir una afinidad (magneto) entre la figura del Redentor y ciertos contenidos del inconsciente, nunca hubiese podido un espíritu humano ver la luz en Cristo y abrazarla con fervor. La pieza de conexión entre ambos es el arquetipo del hombre-dios, que por una parte se hizo en Cristo realidad histórica, y por otra, en cuanto presencia "eterna", señorea el alma como totalidad supraordinada, o sea, precisamente, como el si-mismo. Es, como el sacerdote en la visión de Zósimo, un kyrios tôn pneumátôn en el doble sentido de "Señor de los espíritus" y de "Señor sobre los (malos) espíritus", lo que constituye una significación esencial del Kyrios cristiano.


El símbolo, extracanónico, del pez nos ha introducido en esa matriz psíquica y con ello en la esfera de lo vivenciable, donde los incognoscibles arquetipos son vivientes, cambian en infinita sucesión atuendo y nombre, y despliegan, en cierto modo como en una circunambulación, su nunca vista esencia. La piedra filosofal, que significa a Dios hecho hombre o al hombre hecho Dios, tiene "mil nombres". No es Cristo, sino su paralelo, es decir, aquello que en el ámbito subjetivo corresponde a lo que el dogma llama Cristo. Por eso la alquimia nos proporciona un claro concepto de lo que significa Cristo en la experiencia subjetiva y bajo qué envolturas de índole a la vez delusoria e iluminadora se vivencia su presencia operante en su trascendente inasibilidad. Podría mostrarse lo mismo en la psicología del individuo moderno, como lo he hecho en la segunda parte de mi libro Psicología y Alquimia; pero es una tarea demasiado exigente y minuciosa, pues necesita una cantidad de casuística biográfica, con que podrían llenarse volúmenes. Empresa semejante excedería mis fuerzas. Debo, pues, contentarme con haber puesto algunos fundamentos históricos y conceptuales para ese trabajo del futuro.


Resumiendo, quisiera destacar una vez más que el símbolo del pez representa una asunción espontánea de la figura evangélica de Cristo, y consiguientemente un síntoma, por así decirlo, que muestra de qué modo y con qué significación ese símbolo fue asumido por el inconsciente. A este respecto, la alegoría patrística de la captura del Leviatán (la cruz como anzuelo, Cristo a ella clavado como cebo) es enteramente característica: un contenido (pez) del inconsciente (mar) ha sido apresado y se ha adherido a la figura de Cristo. De ahí procede sin duda la peculiar expresión de san Agustín: de profundo levatus ("levantado de la profundidad"); lo que ciertamente es aplicable al pez; ¿pero a Cristo? La imagen del pez surge de la profundidad del inconsciente enfrentándose en correspondencia con la figura kerigmática de Cristo; y, si Cristo es invocado como Ikhthys [pez], esta designación remite a aquello que se ha desprendido de la profundidad del inconsciente. El símbolo del pez, por lo tanto, constituye el puente entre la figura histórica de Cristo y la naturaleza anímica del hombre, en la que tiene su asiento el arquetipo del Redentor. Por esta vía Cristo se hace vivencia, el "Cristo en nosotros".


Como lo he mostrado, la simbólica alquímica del pez lleva en línea directa al lapis philosophorum, el salvator, servator y deus terrenus, es decir, psicológicamente, al sí-mismo (Self). Con ello surge en lugar del pez un nuevo símbolo: un concepto psicológico de la totalidad humana. El Self significa la Divinidad tanto o tan poco como el pez es Cristo. Pero es una correspondencia y una vivencia interna, una recepción de Cristo en la matriz psíquica o una realización más del Hijo de Dios ahora en un simbolismo no ya teriomórfico sino conceptual ("filosófico"). Con ello, frente al mudo e inconsciente pez, se expresa claramente un aumento en el devenir de la conciencia.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Psicología de los Símbolos Alquímico-Cristianos - II



Por Carl G. Jung

Los relatos prodigiosos del Evangelio, que convencían fácilmente al hombre de entonces, serían en cualquier biografía de hoy piedras de escándalo y suscitarían lo contrario de la creencia. La naturaleza prodigiosa o extravagante de los dioses era lo corriente en los mitos todavía vivos y fue de particular y convincente significación en el refinamiento filosófico de aquéllos. Hermes ter unus ("Hermes tres veces uno") no era ningún absurdo intelectual, sino una verdad filosófica. Sobre estas bases, el dogma de la Trinidad pudo construirse de modo convincente. Pero para el hombre moderno éste significa o un misterio inaccesible o una curiosidad histórica, preferiblemente lo último. Para el hombre antiguo la virtus del agua consagrada o la transmutación de las sustancias no era ninguna enormidad, pues había incluso fuentes sagradas, cuyos efectos eran incomprensibles, y cambios químicos cuya índole aparecía como maravillosa. Hoy cualquier escolar sabe más, en principio, sobre la constitución de la naturaleza que toda la historia natural de un Plinio.

Entonces, hoy san Pablo, si emprendiera la tarea de hacerse oír en Hyde Park por la gente razonable, no tendría bastante con citas de la literatura griega y algunos conocimientos de historia judía, sino que debería acomodar su forma de expresión a las posibilidades de comprensión de un público inglés moderno. De no hacerlo así, anunciaría mal su mensaje, pues nadie, salvo quizá un filólogo clásico, le entendería ni aun aproximadamente. Pero tal es la situación actual de la kerigmática (teoría de la proclamación de la Palabra) cristiana. No que se valga, literalmente, de un lenguaje ajeno y muerto; sino que habla en imágenes que por una parte parecen conocidas de antiguo y por lo tanto, engañosamente, de sentido familiar, pero por otra parte, infinitamente alejadas como están de una comprensión consciente moderna, tocan, cuando mucho, al inconsciente, y ello sólo si el expositor pone toda el alma en la tarea. Por eso, en el mejor de los casos, el efecto queda estancado en la esfera del sentir, pero la mayoría de las veces ni siquiera llega ahí.

Falta el puente que una el dogma con la vivencia íntima del individuo. En cambio de ello, el dogma es "creído"; (veritas prima, esta "verdad primera" es invisible y desconocida, y ella, y no el dogma, es lo que está en la base de la "Fe".) se lo hipostasía, como entre los protestantes la Biblia, ilegítimamente promovida a autoridad suprema pese a sus contradicciones y sus interpretaciones controvertidas. (Como es sabido, ¡todo puede autorizarse a partir de la Biblia!). El dogma ya no formula, ya no expresa, sino que es un principio por sí, sin ningún asidero en una vivencia demostrativa (beweisenden). En verdad, la fe misma se ha convertido en esta vivencia. La fe de un Pablo, que nunca tuvo la vivencia del Señor encarnado, aún podía remitirse a la aparición avasalladora del camino de Damasco y a la revelación del Evangelio en el éxtasis, y la fe del cristiano antiguo y medieval en posibilidades inconcebibles en ninguna parte chocaba con el consenso universal, sino que se veía sostenida por éste. Pero todo ello ha cambiado fundamentalmente en los últimos trescientos años, sin embargo, ¿qué cambio de principio se ha realizado paralelamente en la concepción teológica?

Existe el peligro —y no hay ninguna duda acerca de él- de que el vino nuevo haga estallar los viejos odres, y que lo que ya no se comprende se arrumbe en el rincón de los trastos viejos, como ya ocurrió una vez en tiempos de la Reforma. El protestantismo eliminó entonces (salvo un pálido resto) el rito, componente indispensable de toda religión, y sigue manteniéndose sobre la sola fe. Del contenido de ésta, del symbolum, constantemente se desmoronan nuevos pedazos. ¿Qué queda realmente? ¿La persona de Jesucristo? Todo laico sabe que la personalidad del fundador pertenece, biográficamente, a lo más oscuro de lo que el Nuevo Testamento ha transmitido, y, desde el punto de vista humano-psicológico, esa personalidad es un enigma impenetrable. Como cierta vez dijo acertadamente un escritor católico, los textos evangélicos representan a la vez la historia de un hombre y la de un Dios. ¿O queda el Dios solamente? ¿Qué hay entonces de la Encarnación, esa parte esencial del símbolo de la fe? En mi opinión, sería mucho mejor aplicar al símbolo las palabras de un Papa: Sit ut est, aut non sit, (sea como es, o no sea) y dejarlo por lo pronto en su integridad; porque al fin y al cabo nadie entiende en realidad de qué se trata propiamente. Por lo menos, así me lo parece. ¿Cómo explicar si no los notorios apartamientos del dogma en tantas partes?

Acaso pueda parecer extraño al lector que, como médico y psicólogo, insista en el dogma. Debo poner el acento en él, por las mismas razones que otrora movieron a los alquimistas a dar un peso particular a su doctrina. Esta consiste en la quintaesencia de la simbólica de los procesos inconscientes, así como los dogmas representan una condensación o una destilación de la que se llama "historia sagrada", es decir, del mito del ser y el obrar divinos desde los tiempos primordiales. Si queremos comprender lo que entendía significar la doctrina alquímica, debemos remontarnos a la fenomenología tanto histórica como individual de los símbolos, y si queremos aproximarnos a la comprensión del dogma debemos más forzosamente aun tomar en cuenta ante todo el mundo mítico de Asia anterior que a él subyace, y luego la mitología general como expresión de una disposición común humana. A esta disposición, como es sabido, la he llamado el inconsciente colectivo, cuya existencia, por lo demás, sólo es inferible a partir de la fenomenología individual. En ambos casos la investigación llega al individuo humano, pues se trata siempre de ciertas formas complejas de representación, los llamados arquetipos, de los que puede conjeturarse que actúan como organizadores de las representaciones inconscientes. El dinamismo productor de estas configuraciones es indistinguible del hecho trascendente a la conciencia que se denomina instinto. Por lo tanto, no hay ninguna razón para entender por el arquetipo otra cosa que la configuración (Gestalt) del instinto humano.